
Como todos los años por estas fechas se ha elegido a la mujer más bella de España, para que se haga famosa, nos represente en otros certámenes de belleza y luego vaya de programa en programo o de futbolista en futbolista. Da igual lo que se intente conseguir con ello, oportunidades, fama, dinero o publicidad el caso es que las aspirantes tienen que pasearse en bikini, traje de fiesta, más bikini... andar con unos tacones de aguja por un suelo resbaladizo delante de un jurado que las analiza cada michelín, cada arruga o cada movimiento, la verdad es que más que un concurso de belleza parece un concurso de pedigrie, solo les falta mirarles la dentadura como a los caballos. No comprendo el sentido de estos concursos de belleza, aunque reconozco que puede ser un trampolín para el mundo de la moda y el famoseo en general. ¿Por qué debemos elegir a la más bella de España? es algo que nunca he entendido. La belleza es una cualidad no objetiva, que no se puede medir y que depende del criterio del que observa, porque como todos sabemos para gustos se hicieron colores. Por eso este certamen siempre está rodeado de una cierta polémica. Este año la polémica la ha creado la representante de Cantabria, que fue descalificada después de ganar, por ser madre. Una cláusula del concurso anticuada y claramente sexista ya que los hombres no tienen ningún impedimento para ser misters y padres a la vez.
Para mí esto es suficiente para dejar de dar importancia a un concurso vanal, superficial y comercial, lleno de favoritismos y presiones, dinero que va y viene y luchas por una corona que no garantiza a las que lo llevan un trabajo, ni una vida mejor, ni ser más felices. Sería mucho más práctico y gratificante dar un premio a la mujer que compagina mejor la vida familiar y el trabajo, al hombre que más colabora en las tareas del hogar o a los que dedican el poco tiempo libre que les queda a cuidar el medio ambiente (o al menos a intentarlo). No serían unos premios tan televisivos, ni darían tanta publicidad a Marina D'or, pero al menos serían más realistas y menos sexistas, más adecuados a al sociedad actual y mucho menos glamurosos. Quizá no daría material suficiente para las tertulias de televisión, ni para sacar los trapos sucios que tanto nos gustan, pero serían, al menos, unos premios útiles y valiosos, que premiarían la verdadera belleza del ser humano, su capacidad para vivir en sociedad y colaborar para hacer de este mundo un lugar un poco más amable.