
El obispo de San Sebastián, José Ignacio Munilla, ha hecho unas declaraciones un tanto desafortunadas sobre los males de la sociedad española y las graves consecuencias del terromoto que ha asolado Haití. En concreto, ha declarado que "existen males mayores que el que sufre el pueblo de Haití", refiriendose a la pobreza espiritual que impera en la sociedad española. Ya se ha defendido, diciendo que sus palabras se sacaron de contexto y que él estaba dando una respuesta en el plano teológico.
Puede que una frase sacada de una conversación no represente el contenido de la misma, pero no me deja de sorprender que una persona acostumbrada a hablar en público y sabedora de que sus palabras van a ser escuchadas e interpretadas por miles de personas, no prevea las consecuencias de sus expresiones.
Espero que el obispo de San Sebastián no pretendiera remover conciencias con sus palabras y enseñanzas teológicas, porque lo único que ha removido ha sido el estómago a cientos de personas que ven como otras sufren, simplemente por el hecho de haber nacido en otro lugar que no sea el primer mundo. Es muy fácil hablar de males, tragedias, moral y teorías teológicas cuando no se sufre, cuando se vive bien, cuando se está cómodo y feliz en un puesto recién adquirido.
Gran parte de la sociedad está harta de que se anteponga todo lo espiritual y moral a lo terrenal, de que nos intenten convencer de que los sufrientos en vida son un regalo que veremos en la muerte.
Seamos realistas, dejemos de ver los actos de dios en cada acontecimiento extraordinario y el castigo por nuestros actos en cada desastre natural. La vida sigue y seguirá su curso casi independientemente de nuestros actos, pecados o blasfemias.
Claro que existen males mayores que la tragedia de Haití, como el que esta devastación se repita en otra zona del planeta, igual de desatendida, dejada y olvidada que esta isla. Que sólo nos acordemos de los que lo pasan mal cuando ya no hay remedio y que corramos en su ayuda en los momentos de más visibilidad, para que se nos coloque una medalla de salvadores de los desfavorecidos, sin decir, por supuesto, que hemos sido nosotros los que hemos creado o contribuido a que este país se encuentre en la situación en la que estaba.
Imagen tomada de: Agencia Nova
Puede que una frase sacada de una conversación no represente el contenido de la misma, pero no me deja de sorprender que una persona acostumbrada a hablar en público y sabedora de que sus palabras van a ser escuchadas e interpretadas por miles de personas, no prevea las consecuencias de sus expresiones.
Espero que el obispo de San Sebastián no pretendiera remover conciencias con sus palabras y enseñanzas teológicas, porque lo único que ha removido ha sido el estómago a cientos de personas que ven como otras sufren, simplemente por el hecho de haber nacido en otro lugar que no sea el primer mundo. Es muy fácil hablar de males, tragedias, moral y teorías teológicas cuando no se sufre, cuando se vive bien, cuando se está cómodo y feliz en un puesto recién adquirido.
Gran parte de la sociedad está harta de que se anteponga todo lo espiritual y moral a lo terrenal, de que nos intenten convencer de que los sufrientos en vida son un regalo que veremos en la muerte.
Seamos realistas, dejemos de ver los actos de dios en cada acontecimiento extraordinario y el castigo por nuestros actos en cada desastre natural. La vida sigue y seguirá su curso casi independientemente de nuestros actos, pecados o blasfemias.
Claro que existen males mayores que la tragedia de Haití, como el que esta devastación se repita en otra zona del planeta, igual de desatendida, dejada y olvidada que esta isla. Que sólo nos acordemos de los que lo pasan mal cuando ya no hay remedio y que corramos en su ayuda en los momentos de más visibilidad, para que se nos coloque una medalla de salvadores de los desfavorecidos, sin decir, por supuesto, que hemos sido nosotros los que hemos creado o contribuido a que este país se encuentre en la situación en la que estaba.
Imagen tomada de: Agencia Nova