
Después de cualquier manifestación controvertida, o en la que intervienen dos partes enfrentadas, se produce un baile de números. Las cifras de los participantes es inflada, casi siempre por los organizadores de la marcha y amortiguada por los datos que aportan las fuentes oficiales. Una vez más, ninguno de los dos grupos se pusieron de acuerdo el pasado sábado en la manifestación en contra de la reforma de la ley del aborto que se celebró en Madrid.
La diferencia entre los números de los organizadores (2 millones de asistentes) y la Policía Local de Madrid (500.000 personas) son escandalosamente diferentes y eso que los dos parece se refieren a la misma manifestación. Esta diferencia, al final, se queda en un anédota e impide a los ciudadanos conocer realmente la repercusión de la manifestación. Unas cifras que son objetivas no se pueden manipular de esta forma por uno y otro lado y deberían establecer unos sistemas de medidas reales y objetivos y no contar al bulto, como parece que hacen.
Por otro lado, y sin entrar en la justificación o no de la manifestación, asistieron familias enteras reivindicando un sí por la vida, como si alguien hubiera dicho lo contrario. Muchos de los asistentes eran niños, algunos incluso menores de diez años, que repetían frente a las cámaras y micrófonos las frases que habían repetido hasta la saciedad sus progenitores, o incluso, más grave, refrendaban lo que les decían los reporteros de informativos poco objetivos. Con ello quiero decir que para un adulto, con sus dos dedos de frente, reflexivo y cabal es difícil hacer una valoración al respecto, comprendiendo que la línea que separa el bien del mal es, a veces, demasiado difusa. Por lo tanto, decidir para un niño si la reforma de la ley del aborto es buena o mala para él, si le beneficia o le perjudica o si va en contra de sus convicciones morales no es nada fácil.
Dejemos de utilizar a los niños y menores como bandera y de hacerlos partícipes de manifestaciones, cuando aún no tienen sufiente madurez para valorar los motivos que les llevan a ellas. Dejemos que cada uno decida lo que debe o no debe hacer y dejemos de pensar que esta, o cualquier otra ley del aborto, obliga a cualquier mujer a abortar.
La diferencia entre los números de los organizadores (2 millones de asistentes) y la Policía Local de Madrid (500.000 personas) son escandalosamente diferentes y eso que los dos parece se refieren a la misma manifestación. Esta diferencia, al final, se queda en un anédota e impide a los ciudadanos conocer realmente la repercusión de la manifestación. Unas cifras que son objetivas no se pueden manipular de esta forma por uno y otro lado y deberían establecer unos sistemas de medidas reales y objetivos y no contar al bulto, como parece que hacen.
Por otro lado, y sin entrar en la justificación o no de la manifestación, asistieron familias enteras reivindicando un sí por la vida, como si alguien hubiera dicho lo contrario. Muchos de los asistentes eran niños, algunos incluso menores de diez años, que repetían frente a las cámaras y micrófonos las frases que habían repetido hasta la saciedad sus progenitores, o incluso, más grave, refrendaban lo que les decían los reporteros de informativos poco objetivos. Con ello quiero decir que para un adulto, con sus dos dedos de frente, reflexivo y cabal es difícil hacer una valoración al respecto, comprendiendo que la línea que separa el bien del mal es, a veces, demasiado difusa. Por lo tanto, decidir para un niño si la reforma de la ley del aborto es buena o mala para él, si le beneficia o le perjudica o si va en contra de sus convicciones morales no es nada fácil.
Dejemos de utilizar a los niños y menores como bandera y de hacerlos partícipes de manifestaciones, cuando aún no tienen sufiente madurez para valorar los motivos que les llevan a ellas. Dejemos que cada uno decida lo que debe o no debe hacer y dejemos de pensar que esta, o cualquier otra ley del aborto, obliga a cualquier mujer a abortar.